Gilda

Gabriel de Araceli

               LA REPRESIÓN SEXUAL era el arma, el anatema con la que el franquismo y la Iglesia (el orden es indiferente) cargaba las conciencias de sus súbditos o feligreses de aquella España, una, grande y libre, durante la noche eterna de la posguerra. Así que no es de extrañar que los angustiados jóvenes falangistas, los protegidos del régimen, redimieran su onanismo pecador arremetiendo contra las carteleras de los cines en las que se proyectaba Gilda. La Gran Vía se llenó aquel diciembre de 1947, cara al sol de un invierno que duró hasta 1975, de exaltados camisas azules que descargan su desconsuelo, semen retentum venenum est, el deseo, contra la imagen de Rita Hayworth desnudándose del guante, con la consiguiente alegría de los exhibidores, que obtenían así una publicidad gratuita. Alguien debía pagar la culpa de la miseria sexual colectiva: Put the Blame on Mame, boy.
La película se había estrenado el 15 de marzo de 1946 en el Radio City Music Hall de Nueva York, una producción de la Columbia Pictures, dirigida por Charles Vidor. Un húngaro que aterrizó en USA en 1924, un poco después de que lo hicieran en 1885 los Trump provenientes de Alemania. Esos emigrantes empeñados en alzar muros para ocultar sus orígenes extranjeros.
Era una época en la que las españolas decentes aún llevaban camisones con una abertura a la altura de las ingles que permitía el débito conyugal sin tener que descubrir al marido sus magras corpulencias; en las que los machos se iniciaban en el sexo en las casas de lenocinio; cuando en los retretes públicos se anunciaban gomas y lavados para curar la gonorrea. Así que aquella aparición de la Hayworth, aquellos primeros planos de su extraordinaria belleza, de su lascivia imaginada concitó todos los demonios del deseo y todas las frustraciones se volcaron en afirmar que sí, que efectivamente la pelirroja se desnudaba completamente en la pantalla, que la censura había birlado a los españolitos el esplendor de un desnudo integral que gozaban los americanos. Sin enseñar nada, la sex symbol americana, para colmo de ascendencia española, Margarita Carmen Cansino se llamaba, alcanzó las más altas cotas del Olimpo y condenó al infierno a miles de españolitos trasgresores del sexto mandamiento. El pecado en forma de celuloide. ¡Vade retro, Satanás!

rita_hayword3
Era el mejor Hollywood, aquellos años de esplendor del cine americano, de finales de la guerra mundial y antes de que apareciera la televisión, un espectáculo brillante, forjado en bronce por un montón de técnicos, actores, directores, productores, muchos llegados de la ruinosa Europa, que dejaron películas que ahora son patrimonio mundial de la cultura. Como Casablanca, dirigida por otro húngaro emigrante: Michael Curtiz, de la que, un análisis minucioso de su guion, permite extraer coincidencias sorprendentes con el guion de Gilda.
Hay en ambas un trío amoroso, un menage à trois, dos hombres disputándose el amor de una mujer. Rick (Bogart) y Víctor Laszlo (Paul Henrid) disputándose el amor de Ilsa (la Bergman) en Casablanca. Johnny (Glenn Ford) y Ballin Mundson (George Macready) disputándose el amor de Gilda.
Y están en las películas los malos, los nazis, a los que se ejecuta por sus atrocidades. Mundson en Gilda. Y Conrad Veidt, el major Heinrich Strasser en Casablanca, ambos ajusticiados por las fuerzas del bien, los aliados de la 2ª Guerra Mundial. La historia la escriben los vencedores.

rita_hayword4.jpg
Y hay dos policías buenos, pero corruptos. El detective Obregón, Joseph Calleia, de origen maltés, en Gilda. Y el capitán Renault, Claude Reins, en Casablanca.
Las dos se escenifican en una sala de juegos. Un ambiente claustrofóbico donde las pasiones se amplían y donde los personajes son cautivos del azar. Ricky Café Americain en Casablanca, el Casino de Mundson en Gilda.
Y hay secuencias de aviones. Los Laszlo partiendo a la libertad desde Casablanca. Mundson huyendo de su pasado en la avioneta que se estrella a poco de despegar, el castigo. Escenas de ruletas, de suicidas, de homosexualidad encubierta entre los hombres de Gilda, el bastón-estoque-falo de Mundson, dominante, con el que salva a Johnny, obediente, de sus rufianes agresores, de su pasado barriobajero. Y aquella bofetada de Johnny a Gilda (no estaba escrita en el guion, toma única, improvisada, Vidor mantuvo el motor sin cortar durante la acción) igual que el desprecio con el que Bogart despacha a la Bergman de su vida, el mal, entregándola al héroe Laszlo, al bien.
Fue Anita Ellis quien interpretó los temas musicales en Gilda: Amado mío y Put the Blame on Mame. Imposición de la Columbia a una disgustada Hayworth, tan buena bailarina como discreta cantante.

rita_hayword1.jpg
Y no fue fácil la vida de la Hayworth, más bien una pesadilla. Se cuenta que sufrió en su niñez abusos de su padre, un guitarrista flamenco nacido en Sevilla. Su matrimonio con Orson Welles (tuvieron una hija en común, Rita estaba embarazada durante el rodaje de Gilda. Welles la convirtió en un adefesio rubio y la destrozó como diva, quizás vengándose de su propia genialidad, en “La dama de Shangai”, un año después, el último de su matrimonio) fue un desastre. Estuvo en España en 1964 durante su participación en “El fabuloso mundo del circo”, película de Henry Hathaway producida por Samuel Bronstons (el esplendor de los madrileños Estudios Bronstons. Samuel está enterrado en Las Rozas, en Madrid) y protagonizada también por John Wayne y Claudia Cardinale. Un filme que convirtió el Paseo de Coches de El Retiro en unos improvisados Champs Elysées donde la caravana de un circo se mezclaba con jinetes del lejano Oeste y rodada también en Chinchón y Toledo.
El alzhéimer empezaba a mermar su belleza y su cabeza. Sus últimos años los pasó al cuidado de su segunda hija, Yasmine, fruto de su matrimonio con el príncipe paquistaní Alí Khan. Aquel símbolo erótico que electrizó y llenó de placer, o de pecados mortales, a tantos españoles reprimidos falleció en 1987, a los 68 años.

Anuncios

Demonios en el jardín

Ángel Aguado López. (7 septiembre 2019)

           DOS MUJERES DISPUTÁNDOSE EL AMOR DE UN HOMBRE, dos hermanos cainitas que se disparan o que se besan a la vez, una madre-sargento y un querubín apolíneo que desata la ternura femenina. Todo eso en el interior de una cueva de estraperlo de garbanzos y lentejas, orquestinas pachangueras bebedoras de tintorro, curas glotones, falangistas arribistas, niños pordioseros y gitanillos palmeros. Esos demonios en el huerto familiar que Manuel Gutiérrez Aragón filmó —«con cuatro duros porque no teníamos dinero»— en 1982 y que reflejan tragicómicamente los usos amorosos de los amantes furtivos, la España de los NODOS del Caudillo imperial pescando salmones, los excesos abusivos de los “camisas viejas”, la precariedad de los abastos a la población, la zafiedad de la Guardia Mora, las hambrunas de la España de posguerra…

  demonios_en_el_jardin   Pero la película no provoca el rechazo a esa época, más bien concita alguna risa y aplausos tras la proyección. Y ternura y seducción el personaje infantil, Juanito, ese niño que remueve la maternidad frustrada y la insatisfacción sexual de Ana (Ana Belén) y el orgullo maternal de Angelita (Ángela Molina), triunfadora por haberse llevado al huerto al volandero Juan (Imanol Arias), en un duelo femenino navajero que controla la matriarca, implacable jefa (Encarna Paso), desde su trono, la caja registradora de su tienda de ultramarinos, donde gobierna el buen rumbo familiar, las cartillas de racionamiento ajenas y el escondite del aceite de contrabando.
«Veníamos del amor al cine, no hacíamos películas, hacíamos cine» cuenta en el cine Doré, la sede de la Filmoteca Española, Luis Megino, productor y co-guionista, junto a Gutiérrez Aragón, del film.

Carlos Reviriego, programador de la Filmoteca Nacional, Ángela Molina, Gutiérrez Aragón y Luis Megino en el Cine Doré durante el coloquio tras la proyección de Demonios en el jardín, septiembre de 2019. Photo: Rosa Gonsales Yeyé.

 

            «No tengo método de trabajo con los actores. Les dejo hacer. Ángela [Ángela Molina] no repetía nunca la misma toma, no hacía nunca dos escenas iguales, siempre cambiaba. Era la desesperación de los foquistas» recuerda Gutiérrez Aragón, el director de esta película inspirada en su infancia y en su familia, por la que recibió algún reproche benévolo de su padre: «No cuentes esas cosas tan tristes de nosotros», le dijo su progenitor después de verla. Porque en la película no existe el personaje del padre. Está idealizado en la ausencia, quizá simbolizando la dura realidad del exilio o de la desaparición física durante la contienda fratricida que se llevó por delante a tantos hombres, a tantos padres.

     «Mi personaje era uno de los míos, me resultó muy fácil interpretarlo porque era la historia de mi familia, de los míos» recuerda Ángela Molina ahora, 37 años después y aún vigorosa en su belleza de perfil de cariátide.
«Aquella era una época en la que el relato, el tiempo, eran más importantes que el dinero. Escribíamos la película, además del guion. El público iba a ver cine, ahora el público va a ver películas» cuenta con cierta nostalgia Gutiérrez Aragón. «Veníamos del amor al cine, nos autoexigíamos mucho, aunque hacíamos películas para nosotros, ahora aquello sería imposible» recuerda Luis Megino apostillando que «la película no pertenece a un género concreto. El espectador se siente incómodo porque no sabe muy bien cómo responder, cómo clasificar “Demonios”, no es cine social ni documental ni denuncia. Qué es, entonces. Es más bien un relato poético de un momento histórico. Incidíamos en lo artístico, escribíamos cine antes de rodarlo».

     La película tuvo en su momento un gran éxito de crítica y público. Eran los tiempos de la Transición democrática y había que desvelar, vaciar el armario de aquellos demonios ocultos en la memoria colectiva de la derrota. Consiguió la Concha de Oro a la mejor película en el Festival de San Sebastián y varios premios internacionales. Los mejores profesionales del cine de la época trabajaron en la película: montaje (Pepe Salcedo); fotografía (José Luis Alcaine); música (Pedro y Javier Iturralde); escenografía (Andrea Dodorico). Ahora resulta incluso divertida, aquella España negra, aquellos franquistas ridículos y aquellos personajes grises. Y el niño Juanito, el amor de todas las madres, incluso de las que no lo fueron.

           La Filmoteca Nacional está proyectando, en su sala del Cine Doré, un ciclo sobre el cine de Manuel Gutiérrez Aragón. Será durante el mes de septiembre. Todo el cine de Gutiérrez Aragón, toda una época y unas emociones al alcance de los espectadores. No se lo pierdan.

Gutiérrez Aragón y Fernando Méndez Leite en el vestíbulo del Cine Doré en una foto reciente. Foto: Terry Mangino.

Pinche aquí para ver la

Programación de la Filmoteca durante el mes de octubre de 2019

El Tercer Hombre

Ángel Aguado López (29 de agosto de 2019) 

En la vida, como en la guerra, es peor el traidor que el enemigo

tercer_hombre

         La maldad es consustancial al ser humano, su característica principal, su razón de ser, de sobrevivir en el caos existencial del universo que se ha creado destruyendo al semejante. Por encima del poder, del honor, de la gloria, de la codicia, del sexo, del amor está la maldad. El arma homicida que más utiliza el hombre contra sí mismo desde que un elemental primate emergiera del fango de la evolución hasta convertirse en Homo sapiens sapientisimo.

      El mal siempre triunfa y permanece en el inconsciente como el salvavidas al que agarrarse cuando las adversidades, las trampas, las conjuras de los otros nos amenazan con reducirnos a la iniquidad. El mal es la parte negra a la que recurrimos para permanecer vivos y blancos, es el negro en donde escondemos las pasiones y los fracasos, desde donde acechamos el enemigo, al semejante antes de abalanzarnos sobre él. Por eso triunfa el Cine Negro y supera el paso del tiempo, permanece vivo sin perder un ápice de actualidad. Setenta primaveras tiene “El tercer hombre”, la colosal película de Carol Reed, sin que el paso de los años haya mermado su mensaje desestabilizador, porque el hombre es igual de malvado y asesino ahora que en el holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en el tiempo de los Borgia o cuando los procónsules se acuchillaban entre sí para conseguir el trono de Roma.

        «En treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado?: ¡El reloj de cuco!» dice el protagonista oculto, Harry Lime (Orson Welles), a un inocente y beodo Holly Martins (Joseph Cotten) en un claroscuro del filme, rememorando en la noche tenebrosa los ingenuos ideales de su juventud perdida.

        Y justifica Lime su avaricia, la perversión de su tenebroso negocio de traficante de penicilina adulterada porque la maldad es la herramienta que utiliza el poder para dominar al ciudadano:
«Hoy en día nadie piensa en términos de seres humanos, los gobiernos no lo hacen, ¿por qué nosotros sí? Hablan del pueblo y del proletariado y yo de los tontos y los peleles, que viene a ser lo mismo, ellos tienen sus planes quinquenales, yo también».

orson_welles2.jpg

      Es negro el laberinto de Viena, escombrera devorada por la maldad de los bombardeos, presentes las ruinas de sus calles, sus plazas destruidas visibles aún en las secuencias exteriores rodadas cuatro años después del final de la guerra, en 1949. Los interiores se rodaron en Londres y la película fue producida por David O. Selznick y Alexander Korda, que también participó en el guion.

        «El cine es guion, guion y guion» explicaba el gran Ángel Fernández Santos, guionista de “El espíritu de la colmena”, periodista y crítico cinematográfico. El guion de “El tercer hombre” es obra de Graham Green, autor también de la novela del mismo nombre, amanuense y artesano creador de protagonistas vitriólicos, de secundarios opacos, de diálogos transgresores y situaciones inquietantes, apoyado todo en la fotografía expresionista de Robert Krasker: encuadres torcidos, escorzos dalinianos, iluminación tangencial de alto contraste, luces y sombras dramáticas. Un homenaje al expresionismo alemán de Murnau y de Robert Wiene, a “Nosferatu” y a “El gabinete del doctor Caligari”.

       «Me gusta perder el tiempo» dice el mayor Calloway (Trevor Howard), el sheriff de una ley difusa impuesta por las potencias que se repartieron el mundo tras el conflicto bélico. Comisarios de la Inglaterra de Churchill, de la Francia de De Gaulle, de la Unión Soviética de Stalin, de los USA de Truman. Los polis del mundo que gobiernan y cambian todo para que nada cambie al cabo de pocos años.

joseph_cotten

        Y la aparición apoteósica del malvado Lime, iluminando un segundo la negritud que oculta en una esquina las ambiciones humanas, el gato negro lustrándole los zapatos, Welles en la cima de su carrera (34 años entonces), el genio deslumbrante y atractivo burlándose del Hollywood pacato y conservador. Un recurso narrativo que utilizó posteriormente Francis Ford Coppola en su Apocalypse Now: Marlon Brando gordo y misterioso surgiendo de las sombras amenazantes del celuloide, ajusticiado por el capitán Willar (navegando por las cloacas de la guerra de Vietnam), el alter ego del mayor Calloway.

       Y desde la altura negra de la noria que gira sobre el vacío del Prater vienés se ven insignificantes a las negras hormigas humanas, a esas que Lime desprecia porque puede arrebatarles la vida aplastándolas con el dedo.

      Y negra es esa huida sin escapatoria, por las cloacas de la ciudad, del mundo, el villano Lime chapoteando en las aguas fecales del individuo, los detritus que ocultamos para justificar los actos humanos. No hay perdón para los proscritos en el cine, ya se sabe: el malo siempre palma, la chica se salva. Y pagarán sus culpas los bellacos porque la continuidad del sistema lo requiere, no hay alternativa a la maldad sino con otra maldad. Es la perpetuación del lado oscuro del individuo, la doble moral, la navaja afilada de barbero por la que el caracol humano resbala su baba, su existencia. Morirá Lime en las alcantarillas, un castigo a su vanidad, a su soberbia insurgente, el poder no admite competidores, condena a Lime porque trafica con penicilina adulterada, aunque los ganadores trafiquen con la libertad de los otros, con sus vidas, con sus esperanzas.

Alida_valli

              Y negra es la esperanza de Anna Schmidt (Alida Valli), una mujer sin patria, sin futuro, que rechaza el viaje a un mundo libre porque cree aún en el amor taimado de su amante, traicionado por su amigo, ese inocente Holly Martins que justifica su delación porque cree en la justicia emanada del infierno de la guerra y porque está enamorado de ella. Ese último plano-secuencia, los árboles deshojándose entre las lápidas, el viaje otoñal por el cementerio, la despedida del ángel caído, el rechazo al traidor entre las tumbas, el destino final y negro de nuestras vidas.

Antonio Calvache

Ángel Aguado López

    ANTONIO CALVACHE fue un fotógrafo y director de cine, además de torero y actor, que sobrevivió a la tragedia de la Guerra Civil amoldándose a las terribles circunstancias del momento. Nació en Córdoba en 1896. Vivió de caridad sus últimos años en la calle Atocha, en Madrid. Murió en la indigencia, en 1984. En la sede de la Filmoteca Nacional, en el Cine Doré, existe un affiche de su película BOY, de 1940, en la que actúa la bailarina Marienma. El siguiente relato es un extracto de la novela PATAGONIA, Premio de Novela Ciudad de Salamanca 2018, editada por Ediciones del Viento, en el que se rinde un pequeño homenaje a este director absolutamente olvidado en la actualidad.

      …—He encontrado un tesoro por casualidad. Aquel cuaderno viejo y mugriento que compré el otro día en el Rastro contenía en su interior una historia fascinante. Resulta que eran los recuerdos de un antiguo reportero, un tal Antonio Calvache, que salvó a Alfonso (el fotógrafo que retrató a Ángel Cabrera) de que los fascistas lo maltrataran en la Gran Vía al acabar la guerra y que tuvo una vida legendaria, algo que supera la ficción más fabulosa que puedas imaginar.

      —Resulta que el tal Antonio Calvache fue un falangista, o se hizo falangista por conveniencia, que fotografió las ruinas en las que los nazis dejaron Guernica tras el bombardeo. Que fue director de cine, que hizo una película en 1940 llamada Boy, protagonizada por Antonio Vico y Luis Peña y Marienma, y que fue torero y poeta y que se pasó toda la guerra civil fotografiándola al servicio de las fuerzas de Franco porque creía que de esa forma iba a tener un plato de lentejas que llevarse a la boca cuando acabase todo. Que después, cuando terminó aquel infierno le acusaron por su pasado republicano y a punto estuvo de ser condenado por afecto al enemigo, o por desafecto a la causa nacional. Él, que había sido jefe de propaganda de Falange, que se había pasado toda la guerra con los de José Antonio de rafia en rafia, de fusilamiento en fusilamiento, de cuneta en cuneta, y fueron y le acusaron de traidor porque en su oficio de periodista, veinte años antes, tuvo que fotografiar una vez a Azaña y al coronel Emilio Bueno, comunista y responsable de la defensa de Madrid en Vallecas. Y a pesar de que los suyos y él ganaran la guerra y fuera el encargado de propagar aquel aquelarre medieval de trasladar el cadáver del Ausente desde Alicante hasta El Escorial, los suyos le consideraron un traidor y un maldito y murieron, él y su mujer, o su pareja, Aurelia Wandosell, una vicetiple que actuó para Millán Astray en el Teatro Calderón a finales de los 40, en la más absoluta miseria pasados los 90.

calvache_web2

      Y en el álbum había fotos estremecedoras de las ruinas de Guernica, de cadáveres mutilados, de niños decapitados, de ejecuciones sumarísimas. Que él era periodista y notario y con su cámara testificaba todo, todo eso y los recuerdos de dos vidas, que hasta la Casa Real les enviaba comida como limosna en los 80 y los 90, que había fotografiado hacía un porrón de años, el tal Antonio Calvache, a la reina Victoria Eugenia y a Alfonso XIII en la Casa de Campo. La foto que regaló su majestad a Joaquín Sorolla que está en la casa museo en Chamberí, con aquella dedicatoria tan pretenciosa de don Alfonso montado a caballo, con kepis emplumado y con uniforme de dragón, que hablaba de que quizás al maestro neo-impresionista no le gustara porque estaba a contraluz y el maestro Sorolla era un genio de la luz mediterránea. Que los porteros de la finca de Atocha 49, donde malvivía el tal Antonio Calvache, al lado donde Santiago Ramón y Cajal tenía su instituto, en el 13, le subían la comida que como caridad la Cruz Roja les dejaba de parte del rey campechano. Que tuvo que desprenderse de todo el tal Antonio Calvache, porque no tenían ni para pagarse el entierro, que fue de caridad que comían, que fue de caridad que los enterraron, todo eso, miles de placas fotográficas de cristal, miles de fotografías de gelatina de plata, miles de negativos Kodak, decenas de álbumes, decenas de libros de memorias, todo, te digo, lo malvendió para poder sobrevivir, la memoria de dos vidas, que yo me encontré tirado en el suelo junto a un montón de basura en un puesto de antigüedades en el Rastro por el que pagué diez euros, todo eso formaba la existencia de un ser humano…

     —No hables tanto.

     Y le besó. Le rozó con los labios nada más, sin adentrarse en su boca. No sé por dónde me vino este querer sin sentir ni sé por qué desatino todo cambió para mí... Era la voz de la Piquer la que subía por el patio del 4 de la calle Madera, aunque Simón jamás había oído aquella copla de Rafael de León…

Sólo para hombres

      Ángel Aguado López

      NO ES DE HOY la lucha que la mujer emprende por la equiparación en derechos, reclamando un trato más justo y equitativo en material laboral y en la aplicación de las leyes. Y qué Fernando Fernán Gómez es uno de los grandes talentos del cine español nadie lo discute. Cualquier revisión de sus películas depara emociones no por conocidas menos brillantes. Ya sea como actor, como director, como guionista o productor todas sus intervenciones en el mundo del celuloide, incluso aquellas que, a principios de su carrera se vio obligado a realizar o interpretar por motivos alimenticios se pueden calificar de sobresalientes.

      Eso sucede con “Sólo para hombres”, una película rodada en 1960, una cinta festiva sin pretensiones, una plácida adaptación cinematográfica de una comedia de Miguel Mihura, “Sublime decisión” —Mihura participó también en el guion de la película—, que encierra sorpresas gratificantes y de plena actualidad en estos momentos de reivindicaciones femeninas.

solo_para_hombres

     El argumento es simple. Y sin embargo, atractivo. Florita, interpretada por Analía Gadé, es una joven inquieta que no acepta el papel que la sociedad le tiene reservado: ama de casa y esposa entregada al servicio de un marido. La acción transcurre en 1895, un momento histórico delicado. España está a punto de perder sus colonias de ultramar y los turnos de gobiernos, liberal y conservador, se alternan en el poder durante la regencia de María Cristina de Habsburgo, viuda regia abrumada por la decadencia de un imperio agonizante. En ese marco de marrullerías cortesanas, casi un anticipo de la actualidad política, reflejado con humor en el film, Florita planta cara al sistema, se rebela y pretende un puesto de trabajo en la Administración con el objetivo de ganarse la vida sin depender de un hombre. Independizarse, vamos, algo que resulta incomprensible, un choque emocional, una verdadera afrenta para esa sociedad machista —en ese momento no se utilizaba este adjetivo— española de finales del siglo XIX.

analia_gade       La pretensión de Florita se enfrenta al funcionariado de la administración pública, el Ministerio, un lugar cerrado y proscrito para la mujer, dibujado casi con saña en la película. Un mundo masculino de ineptos oficinistas que realizan tareas inútiles, jerárquico y antipático, que acepta a regañadientes a una mujer en sus dominios y que se ve alterado por su presencia inesperada, incapaz de integrarla en su entorno, y que no parará hasta devolverla al papel que le tenía reservado: el de mujer de servicio.

     Está muy presente el recuerdo de la novela galdosiana de “Miau”, cuya acción transcurre un poco antes, en 1888. Y de su heroico protagonista, Ramón Villaamil, el cesante íntegro que sueña que llegarán los liberales para imponer la eficacia en la administración nacional. Intento vano que acabará en tragedia para Villaamil. Florita pasará por esas situaciones de alternancia política que se describen en “Miau” y terminará vencida por la inercia del sistema masculino, reacio a integrar a la mujer en su corpus jurídico.

fernando_alexandre
Joaquín Roa, Fernán Gómez y Manuel Alexandre durante un plano de la película

     Fernando Fernán Gómez —nieto de María Guerrero— se reserva el papel de Pablo Meléndez, chupatintas servil que busca esposa por la platea que la pequeña burguesía ha desplegado para exhibir en ella a la joven casadera. Un escaparate, una moneda de cambio, una forma de huir de la miseria. Pablo aparenta ser un señorito con fortuna, con ínfulas de grandeza que acude con sus amigotes al ojeo de las casaderas. Descubierto el fraude, Pablo se pliega a las condiciones de Florita, sobreviviendo ambos en el negociado según fuese la alternancia de los gobiernos finiseculares. Completan el reparto ese cuadro de secundarios maravillosos del cine español: Manuel Alexandre, Rafaela Aparicio, José Orjas, Joaquín Roa…

Hollywood desembarca en Madrid

      El desembarco de Ava Gardner en España, en 1951, para la interpretación de “Pandora y el holandés errante” supuso el descubrimiento de un país privilegiado para los rodajes. Los bajos costes de producción que en la década de los 50-60 del siglo XX ofrecía España atrajeron a las grandes majors norteamericanas. En la década posterior, los 60, Samuel Bronstein produjo en Madrid grandes producciones cinematográficas: “55 días en Pekin” con Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven; “La caída del Imperio Romano”, con Sofía Loren y Stephen Boyd; “El fabuloso mundo del circo”, con John Wayne, Gina Lollobrigda y Rita Hayword; “Doctor Zhivago” con Omar Shariff y Geraldine Chaplin, etc., películas que desarrollaron una industria cinematográfica con excelentes profesionales. Con anterioridad había sido Orson Welles el que adoptó España para algunos de sus geniales e incomprendidos filmes: “Mister Arkadín”, en 1955, y “Campanadas a medianoche” en 1965. Tanto Samuel Bronstein como Orson Welles están enterrados en España. Bronsteins en Las Rozas, Madrid, y Orson Welles en Ronda, en la finca del torero Antonio Ordóñez.

      Aquel desarrollo industrial cinematográfico supuso que “Sólo para hombres” se beneficiara de un excelente equipo artístico y técnico: música de Antón García Abril; fotografía de Ricardo Torres; montaje de Rosa G. Salgado; vestuario de Ricardo Vargas; laboratorio Madrid Film. Producida por José Luis Dibildos para Ágata Film la cinta fue rodada en los exteriores de un Madrid de los Austrias que, ahora transformados por el tiempo, resplandecen como pinturas goyescas.

      ¿Qué hubiera hecho Florita un 8 de marzo en la actualidad? No quepa duda, tal vez fuese una militante de Femen dispuesta a amargarle la homilía a algún obispo encubridor, o a reventarle el mitin a algún político de la derecha valiente; o abanderaría una pancarta reivindicativa de los derechos de la mujer. Fernán Gómez y Manuel Alexandre le flanquearían gustosos en la reclamación.

_DSC0048_web

Una Florita en la actualidad

El Espíritu de la Colmena