ARDE MADRID

Concepción Morell

     «¡Uf!» Y El Gallina, Rafael Romero Romero, cantaor puso sus ojos en blanco y se acercó a los labios un café con leshe para atemperar unas energías sanguíneas que le revolvieron la entrepierna. El tiro del pantalón flamenco que vestía regurgitó un ansia en amores derramada y disparó una hinchasón que orgullosamente mostró a la concurrensia.

     —Ea, señore, lo que hisimo doña Gagne y un servidó no se pue contá, porque ellla era una señoa y yo un caballero —dijo, bulería, en una entrevista, ya muy mayor él, en 1990, pocos meses antes de morir.

     Lo de El Gallina no se puede contar, pero durante décadas, cualquier maletilla, taxista, camarero de cualquier barucho madrileño, guitarrista o cantaor gitano presumía de haber tenido trato carnal con el animal más bello del mundo en aquellos años de la post-post-postguerra inacabable. Mentiras, todo mentiras. Tal vez Dominguín, aquel torero comunista amigo en la intimidad de Picasso y del Caudillo —no necesariamente juntos— lidiara buenas corridas en el albero de la Gardner. Y él mucho se cuidó de no contarlo, por más que se le atribuya —mentiras, todo mentiras— que después del coito con la diva salía disparado del Ritz para propagar su hombría a una audiencia rijosa ansiosa de homenajear la virilidad española, mucho más efectiva que la de aquel cantamañanas del canijo de su marido, un jilguerito amigo del bourbon y de Al Capone. Es un suponer, lo de canijo, que dicen, no obstante, que tenía una dote considerable.

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     Finales de los 50 en Madrid. Castiella ha hecho realidad el sueño de Franco: Eisenhower visita un rato España acompañado de Vernon Walters, 21 de diciembre de 1959. Póker de generales si incluimos a Juan Domingo Perón maricón, Perón maricón, el argentino errante tras abrir la caja de Pandora del golpismo y recibir como consuelo a María Estela, Isabelita, 36 años más joven. Hemingway también volvió por los madriles en 1960. Ya no existía el Hotel Florida. Y sin Martha Gellhorn. Pero aún le dio tiempo a fanfarronear frente a unos daiquiris con Fidel en la Bodeguita del Medio antes de pegarse un tiro. Había visto y oído tantos… En Chicote un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad, o sea: Augusto Alguero, Carmen Sevilla, Marisol o la Lola de España, no precisamente ninguna de ellas devotas de la Sección Femenina. El güisqui de contrabando, puro water, los anticuarios del Rastro, los tablaos de los gitanos, el Viaducto de Bailén, los pasteles de la Mallorquina y las exquisiteces de Lhardy. Una secuencia en Loewe e interiores en la calle Doctor Arce, 11. Una foto dedicada, unas bragas de canalé y un collar de Bulgary. Y la pareja, de la Guardia Civil. Y una vespa. Y una cabra.

     Ingredientes con los que Paco León hizo no ha mucho tiempo, 2018, una serie de televisión para Movistar, “Arde Madrid”, que tiene todo lo necesario para que el espectador sea feliz viendo una peli divertida y no por eso intrascendente, que incluso le hace pensar sobre aquella España del Corte y Confección, de los niños de la polio, de los enanos, los abortos clandestinos, el olor a sobaco, la diplomacia USA-España, los matrimonios sin consumar y las manzanas caramelizadas. Y en el podio de todo ese esplendor patriótico, brillando como una galaxia rutilante entre tanta calamidad y en los tiempos del contubernio, la reina Ava Gardner.

     Arde Madrid. Un guion bien escrito. El cine es guion, guion y guion, decía Karel Reisz. Y eso tiene Arde Madrid, buen guion, buenos actores protagonistas, buenos secundarios, buenos coros, buena realización, buena producción, buena música, buenas localizaciones y buen final. Y una cabra.

     Era demasiado tesoro para un país tan rudimentario, demasiado bonito el encantamiento para que durara mucho la magia de la Gardner en Madrid. Se marchó a Londres en 1968 y no volvió. Dicen que se enfadó con aquel superministro al que le cabía todo el Estado en la cabeza. Bueno, Massiel, sin embargo, ganó aquel año Eurovisión y en París buscaban la playa debajo de los adoquines de la Place Vandome.

     Los ocho episodios de la serie de media hora se hacen cortos. Ya se sabe, el veneno y el perfume vienen en envases pequeños. Paco León deja al espectador envenenado por el esplendor de aquella estrella rutilante, Ava Gardner. Y perfumado por aquel Madrid ardiente que alguna vez existió en la imaginación de los cantaores, de los camareros, de los taxistas y de los toreros. Aún están a tiempo de verla, Arde Madrid, la ponen en Movistar en los tiempos del virus.

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I, Daniel Blake

Gabriel de Araceli y López

        A la Thatcher, la llamaban «Margaret Thatcher, milk snatcher». Es decir: Thatcher, ladrona de leche. La leche que, con objeto de reducir el gasto del Estado, les quitó a los niños en las escuelas públicas cuando fue ministra de Educación en 1970, con el gobierno de Edward Heath. Algo así como reducir gastos en tiempos de crisis quitándole al loro el chocolate. Siendo ya primera ministra del Reino Unido, en 1979, adoptó junto con Reagan las teorías económicas de Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1976 y difusor de las ideas de libre mercado y supresión del Estado como regulador de la política económica.

      Desregulación. Todo lo que supusiera intervención del Estado en la vida pública y en la economía suponía para los conservadores británicos y americanos ir en contra de los derechos de los individuos y de la iniciativa privada. Y se aplicaron con saña en destruir las competencias del Estado. Thatcher, Reagan y Friedman tenían muchos adeptos entre la gran banca, las instituciones económicas internacionales (FMI) y la oligarquía financiera. Durante los once años que duraron sus gobiernos (hasta 1990) el Estado británico se desmoronó. Gran parte de la empresa pública se vendió a manos privadas, lo público pasó a ser secundario, la protección que brindaba el Estado—el magro bienestar: seguros de desempleo, sanidad, asistencia social, educación, etc.— a las clases populares económicamente débiles mermó hasta casi desaparecer y las diferencias sociales y la distribución de la riqueza se polarizó: los ricos más ricos y los pobres mucho más pobres.

Yo_Daniel_Blake-113495670-large      Es cierto que le votaron los ingleses, ganó la guerra de las Malvinas —con la ayuda logística y militar encubierta de Reagan, ya presidente desde un año antes— en 1982 y esa victoria fue celebrada por los votantes con la reelección en 1983. Después terminaron odiándola y cuando murió, en 2013, muchísimos de sus compatriotas “bailaron sobre su tumba”. Sigue siendo para muchos británicos un personaje odiado.

       Después de la Thatcher llegó John Major y después Tony Blair y después Gordon Brown y después John Cameron, el del Brexit… y ahora Boris Johnson.  Y en USA, tras el intervalo de Obama llegó ese grotesco presidente que predica la ingesta de lejía y detergente como solución a la pandemia. Con muchas posibilidades de reelección.

       Todo se reduce a dos formas diferentes de comprender la sociedad. Bien se prioriza al individuo frente al resto de individuos, el hombre contra el hombre; o bien se prioriza a la sociedad y al beneficio conjunto respecto al individuo: el Estado se antepone a la persona. Teorías económicas liberales, individualistas y restrictivas de la función del Estado —gobiernos conservadores— frente a teorías económicas sociales y participativas del Estado en la distribución de la riqueza —gobiernos socialistas, social-demócratas, etc.—.

        ¿A qué ha llevado la economía de la Escuela de Chicago de Milton Friedman y los gobiernos conservadores de la Thatcher, de Reagan, de Bush, de Cameron, de Trump? A una pérdida de riqueza en los sectores más vulnerables de la población, a crisis económicas que sufren particularmente las capas sociales más desprotegidas, a una pobreza generalizada, a un encarecimiento de los recursos básicos necesarios, a una polarización de la riqueza. Es decir, a una pérdida del estado de bienestar en la población mundial, a su desprotección y a un impredecible futuro ante una pandemia que nadie esperaba y que ha dejado en bragas todo el sistema capitalista.

          La pesadilla que arrastra el pobre parado Daniel Blake —interpretado por Dave Johns— el protagonista de la película de Ken Loach, es consecuencia de ese mundo desregularizado que patrocinó Friedman y ejecutó la Thatcher. Es un mundo que Blake no entiende, lleno de códigos desconocidos, de claves imposibles de aprender para un obrero manual, para una persona apartada del mundanal ruido de la tecnología. Los gobiernos han convertido su administración en extensas burocracias de fieles servidores, muros de contención a los que premian con el alimento y a los que reclaman su lealtad y defensa ante cualquier proscrito que desafíe el orden. Se complementa con una policía vigilante de disidencias y quejas. Y son esa burocracia y esa autoridad fieles los obstáculos contra los que se enfrenta el parado, el pobre carpintero. Y pierde Daniel Blake porque es un mundo incomprensible para él. Son otros los que se manchan las manos, no los gobiernos. Su lucha estéril es simplemente para percibir una limosna, esa prestación por desempleo con la que los gobernantes se lavan sus malas conciencias por desproteger a la población, por desregular la actividad controladora del Estado.

       Y la ignorancia, el arma que los gobiernos empuñan para evitar protestas. Ignorante es la pobre madre soltera, Katie Morgan —interpretada por Hayley Squires—, una infeliz, fruto de esa pobreza que dejó el thatcherismo en la educación pública treinta años antes. Un ciudadano ignorante es un ciudadano dócil. Por eso también se debilita la educación pública o se arrienda su servicio a instituciones religiosas o privadas afines al monetarismo y capaces de fabricar ciudadanos inertes.

         Aún quedan directores combativos e iconoclastas como Ken Loach, que a sus 83 años hacen de su obra un manifiesto para la reflexión y la crítica social.  La obra de Loach se ha movido siempre por los caminos de la denuncia y de la irreverencia y el espectador se enfrenta en cada filme del realizador inglés a un requerimiento sobre si lo que ve es o no es ético: To be or not to be. Ya resultaba contestatario en tiempos de los gobiernos de la Thatcher, Loach sufrió presiones y dificultades para rodar sus películas y filmes para la televisión en aquella década de recortes de libertades y derechos sociales. Incluso algunos de sus telefilmes fueron prohibidos en aquella época.

         A destacar la aportación de Paul Laverty, guionista habitual en muchas de las películas de Loach. La película obtuvo la Palma de Oro en Cannes, 2016.

        Si el individuo no produce una plusvalía al capitalismo deja de serle útil, si no consume no vale para la sociedad, es prescindible, se convierte en una carga a la que hay que dotar de prestación, de asistencia sanitaria. Una rémora que absorbe recursos sociales. Es mejor eliminarlo, que se muera. A nadie le importa su vida. Es invisible y fastidioso para el sistema. Por eso se muere Daniel Blake. El capitalismo se lo comió. Molestaba.

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Muerte de un ciclista

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Gabriel de Araceli y López

       Abunda en la filmografía de Juan Antonio Bardem un sentimiento de restauración ética, un control de las conciencias y una reprimenda por los desvaríos cometidos por los personajes. Sus historias, sus filmes acaban siempre recuperando la rectitud social conveniente. Hay en ellos un memento mori, un final moralizante, un pepito grillo que recuerda los límites que no pueden sobrepasarse. Y si se cruza esa línea invisible, el crimen tendrá su castigo.  “Calle Mayor” (1956) tiene su pepito grillo, como lo tiene “Muerte de un Ciclista” (1955), en forma de pátina redentora que censura los excesos y los pecados, el adulterio, de los protagonistas. La femme fatale que juega con la voluntad del amante, que destruye la vida de los hombres con sus caprichos libidinosos, que alterna los encuentros clandestinos en pensiones de carretera con el lujo de su posición social será castigada por Bardem, lo paga con su vida. Otro ciclista —fugaz aparición de Manuel Alexandre— se vengará en nombre del muerto.

   muerte_ciclista2      Hay en el cine de Bardem una lucha candente entre el bien y el mal, la dualidad maldad-bondad: burguesía contra proletariado, referida en los contrastados ambientes donde viven los pobres obreros, tan miserables ellos, ocupantes de esas corralas de suciedad, tifus y agua engarrafada enfrentados al lujo de los güisquis que se toman en el hipódromo los uniformes militares y los abrigos de visón; la banalidad insulsa de las señoras jugadoras de canasta frente al esfuerzo sudoroso de la viuda del ciclista abandonado; el establishment, la cúpula conservadora del profesorado contra la fuerza del progreso reivindicativo de los estudiantes alborotadores; la inteligencia baldía del geómetra contra el éxito del oportunismo material del arribista, el fracaso académico y personal del protagonista —Alberto Closas interpretando al oscuro profesor Juan Fernández— justificado por su heroica participación en la “Contienda” frente al éxito del advenedizo negociante —Miguel Castro, interpretado por el actor italiano Otello Tosso— que se lleva, sin luchar en la guerra civil, el premio de la doncella; el oscuro piso familiar regido por la madre contra la limpieza de líneas arquitectónicas modernas y elitistas del hogar del ganador. Y ese reírse del patriotismo de flamencas y guitarristas pataleando ante unos atolondrados yanquis (el acuerdo militar hispano-U-eSe-A se había firmado apenas año y medio antes, en septiembre de 1953). Y ese expresionismo visual de primeros planos en los que los protagonistas se enfrentan y se distancian en encuadres forzados, contrastados por una iluminación dramática donde se hablan sin mirarse y sin quererse. Y esa belleza deslumbrante de la Lucía Bosé, una mina desaprovechada por el cine. Y ese crítico de arte tan culto, Rafael Sandoval —interpretado por el uruguayo Carlos Casaravilla—, presuntamente homosexual, la conciencia de todos, el bufón al que se le permite sus destellos inteligentes siempre que no se sobrepase con el alcohol. Y ese manierismo pretencioso de yuxtaposición de secuencias, encuadres entre cristales rotos y personajes afectados de tragedia en la noche del camino a ninguna parte, o al castigo.

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        Juan Antonio Bardem Muñoz nació en Madrid en 1921. Procede de una extensa familia de actores teatrales, fue “pilarista” e ingeniero agrónomo, profesión que solo ejerció un año. Su militancia política —se constituyó en célula espontánea del PC en 1943, sin contacto ninguno con los Carrillo, Pasionaria, Líster que por aquella fecha se refugiaban en el Kremlin, eso decía él— le supuso ser detenido en varias ocasiones, topar con la censura en sus películas y abordar proyectos reivindicativos y críticos de la cultura de la izquierda social: El Puente; Siete días de enero; Lorca, muerte de un poeta, etc. Además, colaboró como coguionista en otros proyectos de amigos —forma las tres B del cine español: Buñuel, Bardem, Berlanga. Con este último escribió Bienvenido Mister Marshall, Esa pareja feliz y Novio a la vista—. Destacan también sus producciones para televisión. Aquella “Huella del Crimen”, aquel “Jarabo” donde el gigante Sancho Gracia interpretaba al justiciero vengador del honor femenino, perdido por el amor de una mujer y ajusticiado, sin que de nada le valieran sus orígenes patricios, con el tormento medieval del garrote vil. Así es “Muerte de un ciclista”: el que la hace la paga, como la Bosé, la María José Castro ajusticiada por sus veleidades amorosas y enredos al final de la película.

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Las Cosas del Querer

Ángel Aguado López

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           UN   TROPIEZO ES EL AMOR. Un accidente o un arrebato eléctrico entre las ingles mientras las bombas de la Legión Cóndor arrasan Lavapiés. Las Cosas del Querer. Y la victoria inalcanzable, ciega, injusta, que se equivoca siempre, aliada con el mal, con los corruptos, con el tenebrismo fascista del Movimiento, con los bajos instintos del señorito caprichoso, contraria a los débiles, traidora con los desposeídos.

       Las Cosas del Querer es una película que Jaime Chávarri realizó en 1989. ¡Tantos años ya! Un melodrama agridulce de perdedores edulcorado con las coplas de la posguerra, un menage à trois inconcluso en unos tiempos en los que buscarse la vida para los pobres era un arte que pasaba por prostituirse al mejor postor —las jóvenes, premiadas por el viejo con unas medias de cristal, bajo la mirada alcahueta de las mamás, ¡qué bien huele el dinero del caballero!— o mariconearse, las cosas del meter, por delante o por detrás, con los marqueses de bigotito fino de mamás pipitas y vivas al Caudillo en veladas de flamenqueo gitano pagadas con canapés de jamón —¡qué bocadillos tan pequeños!— de estraperlo y petardazos de cocaína en los palacios aristocráticos bajo la mirada censora de la fiscalía falangista.  …na te debo, na te pío. Me voy de tu vera, olvíame ya, que he pagao con oro tus carnes morenas. No maldigas, paya, que estamos en paz… Sí, el espectador con memoria recordará cierta similitud melódica con “Canciones para después de una guerra”, de Basilio Martín Patino. Una peli ácida, aquella, sacada de las cavernas archivísticas de la posguerra y con la que Las Cosas del Querer coincide en algunos de los ritmos y tonadillas que dieron alguna alegría, no muchas, a los pobres supervivientes de los tenebrosos años cuarenta del racionamiento, los magreos clandestinos en las sombras de las corralas —la luz se iba y ya no volvía hasta las tantas, incluso en El Pardo—, las gomas, gonorreas, lavajes y la penicilina adulterada.

    Sobresale la actuación de Manuel Bandera, un papelón el del muchacho, un tío guapo hasta decir basta, una perturbación en la pantalla, con esas mejillas pavonadas de azulón y hoyito en el mentón a lo Kirk Douglas, que está para comérselo crudo ya sea por mujeres o por hombres ¡qué más da! Todo un sex-symbol que hubiera triunfado en Hollywood, incluso por delante del Travolta, y que aquí terminó en series televisivas de sobremesa para amas de casa carentes del vaivén —¡olvidado hace tanto!— del legítimo. Y una Ángela Molina racial y bandolera, una diva de Buñuel perdida entre los brazos torpes de un amante-elefante, Ángel de Andrés Gómez, perfecto, por otro lado —a pesar del casting equivocado, sobresaliente en proporciones musculares para un rol de perdedor al que se supone de magras proteínas— en su papel de tercer ángulo del triángulo no resuelto. La Molina es el amor platónico del director. Le gustaba mucho, lo contaba al público —¡ay!, esas confesiones— de la Filmo Chávarri, todo inocencia, antes de la proyección de la peli.

     Fue un éxito para Jaime Chávarri la película y para la productora, que alcanzó una recaudación en taquilla inesperada, tanta que repitió una segunda parte, un bis, un dos, que también triunfó en la Argentina. Chávarri pertenece a esas promociones que se doctoraron en cine en la Escuela Oficial de Cine. Esos elegidos que brillaron con luz encendida y que dieron al cine español unos años de esplendor ajenos a la mediocridad del sistema.

     Jaime Chávarri* contó con la ventaja de sus orígenes patricios para realizar una de las grandes películas de los años 70: “El Desencanto” (1976). Aquel oscuro retablo o sofá de psicoanálisis en el que los herederos del poeta y falangista Leopoldo Panero se desnudaban maldiciendo una época de frustraciones y se acusaban mutuamente de su derrota, todos enemigos íntimos, cainitas y edipos acomplejados. Aquel Desencanto ajustó las cuentas a muchos camisas viejas a los que sumergió en la obviedad de la nada, se les había acabado el chollo, llegó la malvada democracia destruyendo a la vez a los mismos protagonistas, prisioneros de un régimen que les dio de comer a costa de robarles el alma.

     Se ve bien “Las Cosas del Querer”, o del meter, a estas alturas del siglo XXI, al menos para entomólogos curiosos que buscan tres pies a los gatos escaldados del cine español. Y Jaime Chávarri, un señor con esa alcurnia de la que ya no se ve ni en las pantallas. No se lo echen en cara.

 

…No me eches en cara que to lo perdiste, también a tu vera yo to lo perdí, bien pagá, si tú eres la bien pagá porque tus besos compré a mí te supiste dar por un puñao de parné…

 

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Jaime Chávarri el 25 de febrero de 2020 en la Filmoteca Española presentando a la audiencia su película Las Cosas del Querer.

*Jaime Chávarri es hijo de Marichu de la Mora y Maura, y bisnieto de Antonio Maura —¡cuántos Mauras hay en el cine y en la política!—, el que fuera cinco veces presidente del consejo de Ministros en tiempos de Alfonso XIII, el único político al que el monarca llamaba de usted. Las extrañas relaciones entre las hermanas Constanza y Marichu de la Mora han llenado decenas de libros sobre las dos Españas del 36. La amistad que su madre tuvo durante el franquismo con alguno de los/las más relevantes falangistas y poetas críticos con el régimen, le supuso a Chávarri facilidades para penetrar profundamente en las raíces del Movimiento y le facilitó el acceso a toda aquella legión de desencantados intelectuales. Chávarri intervino como figurante en un pequeño papel de “Qué he hecho yo para merecer esto”, de Almodóvar, con su prima, la Carmen. Pero, además, Chávarri es en el trato próximo un caballero. Quizás una raza extinta, algo que pertenece al pasado. Aunque su cine no tenga edad.

 

 

1917. Otra peli de guerra

Ángel Aguado López

1917     Más allá del rendimiento atlético del protagonista —un hércules mezcla de Zatopek, Usain Bolt y Johnny Weissmuller— y del trávelin de comienzo a fin —un plano secuencia sin cortes aparentes para el espectador, que se extiende a lo largo de dos horas—, poco más ofrece 1917. Por mucho que se resalte el heroísmo del cabo William Schofield y la superioridad moral que le da profesar la verdad de los ingleses, inasequible al contratiempo y a las balas y abnegado cumplidor del deber, o la maldad del astuto enemigo —¡qué torcidos son siempre los alemanes!—, o el bucle de situaciones excepcionales que se encadenan durante el itinerario a la bayoneta —la extenuante carrera por la trinchera infinita entre las alambradas y los cráteres de los obuses, la bomba trampa del búnker, el derribo del avión del traidor barón rojo, la delirante aparición entre tanta muerte de la vida de un bebé desconocido, o las cloacas sembradas de cadáveres, o la sobreactuación de las ratas, ¡marditos roeores!—, queda en la pantalla un apagón cinematográfico, un fundido en negro, un relato plano, sin objeciones, sin interrogantes ni inquietudes, sin explicar los porqués de tanta carrera y tanto tiro, una sensación de que este viaje a los infiernos se ha hecho con la falsedad de las alforjas digitales, un deja vu.

Porque poco más trasmite esta película efectista de guerra y barro. Porque Kubrick ya nos refirió hace más de sesenta años y en el mismo escenario todas las atrocidades de que es capaz el alto mando de un ejército para conseguir sus sangrientos senderos de gloria sin importarle si mil, o diez mil, o cien mil hombres, o un millón mueren víctimas de sus espurios deseos de grandeza. Porque el desagüe vesánico por el río de la vida, o por la ambición de un colérico Aguirre, ya nos la mostró Werner Herzog hace casi medio siglo. Porque hace cuarenta años, el capitán Willard, o Coppola,  ya nos aclaró que las vidas humanas, incluso las de los héroes nacionales, no valen nada ni para el estado mayor militar ni para la patria. Porque se ha camuflado el debate ético de la tragedia bélica por la banalidad del derroche tecnológico. Porque los efectos especiales y un presupuesto millonario han fagocitado la brutalidad de las decisiones humanas y la guerra se convierte en un espectáculo de figurantes apresurados, atmósfera nebulosa, imagen de alta definición y sonido envolvente.

En un tiempo en el que el Imperio presume de matar asépticamente a cualquier ayatola en nombre de la paz, o cuando la guerra perpetua en Siria se convierte en un mercadeo de cadáveres entre las grandes potencias, o cuando un misil derriba un avión comercial con 180 inocentes en sus bodegas sin importarle a nadie resulta frívola y poco menos que inocua una reiteración sobre hechos acaecidos hace un siglo. “En el corazón de todo hombre hay un conflicto entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal y el bien no siempre triunfa. Algunas veces, el lado oscuro supera lo que Lincoln llamó los ángeles de nuestra naturaleza” escucha el capitán Willard del general que le ordena la ejecución del traidor Kurtz.

Poco más que el triunfo tecnológico de la imagen, de una sobreposición de efectos especiales al talento hay en esta irracional carrera hacia adelante que emprenden los dos soldados protagonistas, en esta peli de guerra que San Mendes inicia un 6 de abril de 1917. “La contienda se acabará cuando sólo uno de los combatientes quede en pie”, dice el héroe Schofield. ¿O lo había dicho antes Willard?

Dirigida por Sam Mendes
Guion de Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns
Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Amblin Partners / Neal Street Productions / DreamWorks SKG / New Republic Pictures
Intérpretes: George MacKay, Dean-Charles Chapman
119 minutos

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