Crimen de doble filo

Ángel Aguado López

     El cine es guion, guion y guion, escuché una vez decir a Ángel Fernández Santos. Y por eso CRIMEN DE DOBLE FILO, dirigida en 1964 por José Luis Borau es una película extraordinaria. Porque tiene un guion magnífico y es un relato apasionante, escrito por el maestro Juan Miguel Lamet. Una historia bien contada, que atrapa al espectador por los huevos desde el primer momento —el deseo de todo guionista— y ya no le suelta hasta que aparece el FIN.

     Hablar de una película que tiene 54 años puede parecer licencioso, pero dada la irrelevancia de las tramas que sacuden sin pudor las pantallas de las salas comerciales, revisar CRIMEN DE DOBLE FILO supone para el espectador como tropezar con un tesoro en mitad de un basurero.

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José Luis Borau durante un rodaje atiende las explicaciones de sus asistentes.

     Andrés (interpretado por Carlos Estrada), el protagonista, es un hombre fracasado, indeciso, que no ha podido liberarse de las expectativas que un padre castrador, un afamado músico, diseñara para él. Se sustenta tímidamente en Laura, su esposa, que le trata compasivamente. Un ambiente gris, decadente, monotonía de la lluvia tras los cristales, llueve y llueve, como si Lamet* nos aliviara de la sequía de esos corazones arrítmicos. Andrés se choca con el asesinato de un amigo en el edificio donde vive. Una vecindad que rumia sus tristes destinos subiendo y bajando a ninguna parte por un ascensor, protagonista mecánico y mudo de la apatía de la colmena. Y a partir de ahí, de la muerte ajena, la vida de Andrés se verá envuelta en un torbellino de acontecimientos que le descubrirán la realidad de su existencia anodina y de su matrimonio fracasado.

     La policía, que no es tonta aunque lo parezca, la angustia de verse perseguido por el presunto asesino, el mundo del teatro en un Madrid aún con sabor castizo, un enjambre de secundarios de lujo —entre ellos José María Prada o Juan Luis Galiardo, que debuta como actor, irreconocible tras el papel de fotógrafo judicial— que conforman un retablo costumbrista, Laura (Susana Campos), su mujer, que oculta un secreto en su matrimonio y la resolución inesperada del conflicto forman un carrusel vertiginoso que la maestría de Juan Miguel Lamet retuerce con todo tipo de  recursos narrativos para arrastrar al espectador por el suspense del qué pasará.

    Juan Miguel Lamet era un guionista magistral, un profesor de guion, un cuentistaJUAN_miguel_lamet redomado. Aún se le recuerda por su participación en aquel programa de TVE1, VAMOS A HABLAR DE CINE. Lamet era uno de aquellos artesanos que construían historias rotundas, cerradas, laboriosamente sembradas de guiños y de sugerencias, que conformaban un mosaico de piezas labradas con el oro y el marfil de las palabras, de los planos, frases y frases de secuencias cinematográficas que conseguían el todo fílmico: la película. La información psicológica de los personajes, esas aclaraciones o divergencias que crean al espectador una idea o le despistan de la resolución, o no, del conflicto narrativo. La escena del crimen, un lugar caótico y desvencijado, un gran trastero donde cabe todo el fracaso de una vida. Esa zarzuela, esa música (que entra y sale del relato, sonido diegético o extradiegético lo llaman los que saben) que los actores ensayan en el Teatro Eslava, ese Madrid olvidado de los 60, con sus bares que servían coñá de cualquier marca; la calle Mayor, las Estilográficas Sacristán, como ahora, o la parada de autobuses —Pegaso— de Cibeles, con su carga de viajeros apresurados. Y esos personajes tan bien dibujados: Andrés, Laura, el extraño extranjero que persigue al atribulado músico, un ser libre que decora su cuarto de alquiler con láminas del Guernica y versos de Machado, esos secundarios que cargan sobre sus espaldas los sinsabores de la mediocridad. El comisario Ruiz (Antonio Casas, fue jugador del Atlético de Madrid), comprensivo con la homosexualidad del sastre o los deslices de la esposa, pero no con la iniquidad de sus subordinados. Ese sinuoso trazado lleno de afirmaciones y despistes que conducen el cálculo del espectador por caminos equívocos, el guion.carlos_estrada

    Y la música de Luis de Pablos. Y el equipo técnico tan formidable que tenía entonces la industria del cine español, la misma industria que produjo ese mismo año LA TÍA TULA —en la que también intervenía como protagonista Carlos Estrada); o también LA NIÑA DE LUTO, de Manuel Summers; o al año siguiente CAMPANADAS A MEDIA NOCHE, de Orson Welles; o dos años más tarde LA CAZA, de Saura.

    Y un director, José Luis Borau, que hace la película por encargo, su segundo film. Y que aún resuena como uno de los grandes directores gracias a FURTIVOS (1975), su film de culto. Borau, el padre cinematográfico de Gutiérrez Aragón, o de Ivan Zulueta. Un Borau que consigue un relato lleno de tensión, de intriga y efectividad, plásticamente impecable, narrativamente perfecto, cinematográficamente inquietante. «CRIMEN DE DOBLE FINO hace alusión a la ambigüedad moral y a la ambivalencia de las circunstancias, ya que importaba más el drama personal de antes y después del crimen que este último propiamente dicho» decía Borau de su película. «La gente va menos al cine, se reducen las salas, falta la comunión de los asistentes, la emoción colectiva» profetizaba con acierto José Luis Borau en una conferencia pronunciada en el Caixa Forum de Madrid, el 27 de octubre de 2009.

     Quizás por eso no lo dude si puede disfrutar de CRIMEN DE DOBLE FILO. Hágalo sin freno, aunque sea en la soledad de su hogar. Y si al bajar al trastero por un revolver se encuentra a su vecino muerto desconfíe, puede que el asesino sea alguien muy próximo a usted.

*Enlace al obituario de Juan Miguel Lamet escrito por Fernando Méndez Leite

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