Antonio Calvache

Ángel Aguado López

    ANTONIO CALVACHE fue un fotógrafo y director de cine, además de torero y actor, que sobrevivió a la tragedia de la Guerra Civil amoldándose a las terribles circunstancias del momento. Nació en Córdoba en 1896. Vivió de caridad sus últimos años en la calle Atocha, en Madrid. Murió en la indigencia, en 1984. En la sede de la Filmoteca Nacional, en el Cine Doré, existe un affiche de su película BOY, de 1940, en la que actúa la bailarina Marienma. El siguiente relato es un extracto de la novela PATAGONIA, Premio de Novela Ciudad de Salamanca 2018, editada por Ediciones del Viento, en el que se rinde un pequeño homenaje a este director absolutamente olvidado en la actualidad.

      …—He encontrado un tesoro por casualidad. Aquel cuaderno viejo y mugriento que compré el otro día en el Rastro contenía en su interior una historia fascinante. Resulta que eran los recuerdos de un antiguo reportero, un tal Antonio Calvache, que salvó a Alfonso (el fotógrafo que retrató a Ángel Cabrera) de que los fascistas lo maltrataran en la Gran Vía al acabar la guerra y que tuvo una vida legendaria, algo que supera la ficción más fabulosa que puedas imaginar.

      —Resulta que el tal Antonio Calvache fue un falangista, o se hizo falangista por conveniencia, que fotografió las ruinas en las que los nazis dejaron Guernica tras el bombardeo. Que fue director de cine, que hizo una película en 1940 llamada Boy, protagonizada por Antonio Vico y Luis Peña y Marienma, y que fue torero y poeta y que se pasó toda la guerra civil fotografiándola al servicio de las fuerzas de Franco porque creía que de esa forma iba a tener un plato de lentejas que llevarse a la boca cuando acabase todo. Que después, cuando terminó aquel infierno le acusaron por su pasado republicano y a punto estuvo de ser condenado por afecto al enemigo, o por desafecto a la causa nacional. Él, que había sido jefe de propaganda de Falange, que se había pasado toda la guerra con los de José Antonio de rafia en rafia, de fusilamiento en fusilamiento, de cuneta en cuneta, y fueron y le acusaron de traidor porque en su oficio de periodista, veinte años antes, tuvo que fotografiar una vez a Azaña y al coronel Emilio Bueno, comunista y responsable de la defensa de Madrid en Vallecas. Y a pesar de que los suyos y él ganaran la guerra y fuera el encargado de propagar aquel aquelarre medieval de trasladar el cadáver del Ausente desde Alicante hasta El Escorial, los suyos le consideraron un traidor y un maldito y murieron, él y su mujer, o su pareja, Aurelia Wandosell, una vicetiple que actuó para Millán Astray en el Teatro Calderón a finales de los 40, en la más absoluta miseria pasados los 90.

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      Y en el álbum había fotos estremecedoras de las ruinas de Guernica, de cadáveres mutilados, de niños decapitados, de ejecuciones sumarísimas. Que él era periodista y notario y con su cámara testificaba todo, todo eso y los recuerdos de dos vidas, que hasta la Casa Real les enviaba comida como limosna en los 80 y los 90, que había fotografiado hacía un porrón de años, el tal Antonio Calvache, a la reina Victoria Eugenia y a Alfonso XIII en la Casa de Campo. La foto que regaló su majestad a Joaquín Sorolla que está en la casa museo en Chamberí, con aquella dedicatoria tan pretenciosa de don Alfonso montado a caballo, con kepis emplumado y con uniforme de dragón, que hablaba de que quizás al maestro neo-impresionista no le gustara porque estaba a contraluz y el maestro Sorolla era un genio de la luz mediterránea. Que los porteros de la finca de Atocha 49, donde malvivía el tal Antonio Calvache, al lado donde Santiago Ramón y Cajal tenía su instituto, en el 13, le subían la comida que como caridad la Cruz Roja les dejaba de parte del rey campechano. Que tuvo que desprenderse de todo el tal Antonio Calvache, porque no tenían ni para pagarse el entierro, que fue de caridad que comían, que fue de caridad que los enterraron, todo eso, miles de placas fotográficas de cristal, miles de fotografías de gelatina de plata, miles de negativos Kodak, decenas de álbumes, decenas de libros de memorias, todo, te digo, lo malvendió para poder sobrevivir, la memoria de dos vidas, que yo me encontré tirado en el suelo junto a un montón de basura en un puesto de antigüedades en el Rastro por el que pagué diez euros, todo eso formaba la existencia de un ser humano…

     —No hables tanto.

     Y le besó. Le rozó con los labios nada más, sin adentrarse en su boca. No sé por dónde me vino este querer sin sentir ni sé por qué desatino todo cambió para mí... Era la voz de la Piquer la que subía por el patio del 4 de la calle Madera, aunque Simón jamás había oído aquella copla de Rafael de León…

Sólo para hombres

      Ángel Aguado López

      NO ES DE HOY la lucha que la mujer emprende por la equiparación en derechos, reclamando un trato más justo y equitativo en material laboral y en la aplicación de las leyes. Y qué Fernando Fernán Gómez es uno de los grandes talentos del cine español nadie lo discute. Cualquier revisión de sus películas depara emociones no por conocidas menos brillantes. Ya sea como actor, como director, como guionista o productor todas sus intervenciones en el mundo del celuloide, incluso aquellas que, a principios de su carrera se vio obligado a realizar o interpretar por motivos alimenticios se pueden calificar de sobresalientes.

      Eso sucede con “Sólo para hombres”, una película rodada en 1960, una cinta festiva sin pretensiones, una plácida adaptación cinematográfica de una comedia de Miguel Mihura, “Sublime decisión” —Mihura participó también en el guion de la película—, que encierra sorpresas gratificantes y de plena actualidad en estos momentos de reivindicaciones femeninas.

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     El argumento es simple. Y sin embargo, atractivo. Florita, interpretada por Analía Gadé, es una joven inquieta que no acepta el papel que la sociedad le tiene reservado: ama de casa y esposa entregada al servicio de un marido. La acción transcurre en 1895, un momento histórico delicado. España está a punto de perder sus colonias de ultramar y los turnos de gobiernos, liberal y conservador, se alternan en el poder durante la regencia de María Cristina de Habsburgo, viuda regia abrumada por la decadencia de un imperio agonizante. En ese marco de marrullerías cortesanas, casi un anticipo de la actualidad política, reflejado con humor en el film, Florita planta cara al sistema, se rebela y pretende un puesto de trabajo en la Administración con el objetivo de ganarse la vida sin depender de un hombre. Independizarse, vamos, algo que resulta incomprensible, un choque emocional, una verdadera afrenta para esa sociedad machista —en ese momento no se utilizaba este adjetivo— española de finales del siglo XIX.

analia_gade       La pretensión de Florita se enfrenta al funcionariado de la administración pública, el Ministerio, un lugar cerrado y proscrito para la mujer, dibujado casi con saña en la película. Un mundo masculino de ineptos oficinistas que realizan tareas inútiles, jerárquico y antipático, que acepta a regañadientes a una mujer en sus dominios y que se ve alterado por su presencia inesperada, incapaz de integrarla en su entorno, y que no parará hasta devolverla al papel que le tenía reservado: el de mujer de servicio.

     Está muy presente el recuerdo de la novela galdosiana de “Miau”, cuya acción transcurre un poco antes, en 1888. Y de su heroico protagonista, Ramón Villaamil, el cesante íntegro que sueña que llegarán los liberales para imponer la eficacia en la administración nacional. Intento vano que acabará en tragedia para Villaamil. Florita pasará por esas situaciones de alternancia política que se describen en “Miau” y terminará vencida por la inercia del sistema masculino, reacio a integrar a la mujer en su corpus jurídico.

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Joaquín Roa, Fernán Gómez y Manuel Alexandre durante un plano de la película

     Fernando Fernán Gómez —nieto de María Guerrero— se reserva el papel de Pablo Meléndez, chupatintas servil que busca esposa por la platea que la pequeña burguesía ha desplegado para exhibir en ella a la joven casadera. Un escaparate, una moneda de cambio, una forma de huir de la miseria. Pablo aparenta ser un señorito con fortuna, con ínfulas de grandeza que acude con sus amigotes al ojeo de las casaderas. Descubierto el fraude, Pablo se pliega a las condiciones de Florita, sobreviviendo ambos en el negociado según fuese la alternancia de los gobiernos finiseculares. Completan el reparto ese cuadro de secundarios maravillosos del cine español: Manuel Alexandre, Rafaela Aparicio, José Orjas, Joaquín Roa…

Hollywood desembarca en Madrid

      El desembarco de Ava Gardner en España, en 1951, para la interpretación de “Pandora y el holandés errante” supuso el descubrimiento de un país privilegiado para los rodajes. Los bajos costes de producción que en la década de los 50-60 del siglo XX ofrecía España atrajeron a las grandes majors norteamericanas. En la década posterior, los 60, Samuel Bronstein produjo en Madrid grandes producciones cinematográficas: “55 días en Pekin” con Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven; “La caída del Imperio Romano”, con Sofía Loren y Stephen Boyd; “El fabuloso mundo del circo”, con John Wayne, Gina Lollobrigda y Rita Hayword; “Doctor Zhivago” con Omar Shariff y Geraldine Chaplin, etc., películas que desarrollaron una industria cinematográfica con excelentes profesionales. Con anterioridad había sido Orson Welles el que adoptó España para algunos de sus geniales e incomprendidos filmes: “Mister Arkadín”, en 1955, y “Campanadas a medianoche” en 1965. Tanto Samuel Bronstein como Orson Welles están enterrados en España. Bronsteins en Las Rozas, Madrid, y Orson Welles en Ronda, en la finca del torero Antonio Ordóñez.

      Aquel desarrollo industrial cinematográfico supuso que “Sólo para hombres” se beneficiara de un excelente equipo artístico y técnico: música de Antón García Abril; fotografía de Ricardo Torres; montaje de Rosa G. Salgado; vestuario de Ricardo Vargas; laboratorio Madrid Film. Producida por José Luis Dibildos para Ágata Film la cinta fue rodada en los exteriores de un Madrid de los Austrias que, ahora transformados por el tiempo, resplandecen como pinturas goyescas.

      ¿Qué hubiera hecho Florita un 8 de marzo en la actualidad? No quepa duda, tal vez fuese una militante de Femen dispuesta a amargarle la homilía a algún obispo encubridor, o a reventarle el mitin a algún político de la derecha valiente; o abanderaría una pancarta reivindicativa de los derechos de la mujer. Fernán Gómez y Manuel Alexandre le flanquearían gustosos en la reclamación.

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Una Florita en la actualidad

El Espíritu de la Colmena