El Tercer Hombre

Ángel Aguado López (29 de agosto de 2019) 

En la vida, como en la guerra, es peor el traidor que el enemigo

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         La maldad es consustancial al ser humano, su característica principal, su razón de ser, de sobrevivir en el caos existencial del universo que se ha creado destruyendo al semejante. Por encima del poder, del honor, de la gloria, de la codicia, del sexo, del amor está la maldad. El arma homicida que más utiliza el hombre contra sí mismo desde que un elemental primate emergiera del fango de la evolución hasta convertirse en Homo sapiens sapientisimo.

      El mal siempre triunfa y permanece en el inconsciente como el salvavidas al que agarrarse cuando las adversidades, las trampas, las conjuras de los otros nos amenazan con reducirnos a la iniquidad. El mal es la parte negra a la que recurrimos para permanecer vivos y blancos, es el negro en donde escondemos las pasiones y los fracasos, desde donde acechamos el enemigo, al semejante antes de abalanzarnos sobre él. Por eso triunfa el Cine Negro y supera el paso del tiempo, permanece vivo sin perder un ápice de actualidad. Setenta primaveras tiene “El tercer hombre”, la colosal película de Carol Reed, sin que el paso de los años haya mermado su mensaje desestabilizador, porque el hombre es igual de malvado y asesino ahora que en el holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en el tiempo de los Borgia o cuando los procónsules se acuchillaban entre sí para conseguir el trono de Roma.

        «En treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado?: ¡El reloj de cuco!» dice el protagonista oculto, Harry Lime (Orson Welles), a un inocente y beodo Holly Martins (Joseph Cotten) en un claroscuro del filme, rememorando en la noche tenebrosa los ingenuos ideales de su juventud perdida.

        Y justifica Lime su avaricia, la perversión de su tenebroso negocio de traficante de penicilina adulterada porque la maldad es la herramienta que utiliza el poder para dominar al ciudadano:
«Hoy en día nadie piensa en términos de seres humanos, los gobiernos no lo hacen, ¿por qué nosotros sí? Hablan del pueblo y del proletariado y yo de los tontos y los peleles, que viene a ser lo mismo, ellos tienen sus planes quinquenales, yo también».

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      Es negro el laberinto de Viena, escombrera devorada por la maldad de los bombardeos, presentes las ruinas de sus calles, sus plazas destruidas visibles aún en las secuencias exteriores rodadas cuatro años después del final de la guerra, en 1949. Los interiores se rodaron en Londres y la película fue producida por David O. Selznick y Alexander Korda, que también participó en el guion.

        «El cine es guion, guion y guion» explicaba el gran Ángel Fernández Santos, guionista de “El espíritu de la colmena”, periodista y crítico cinematográfico. El guion de “El tercer hombre” es obra de Graham Green, autor también de la novela del mismo nombre, amanuense y artesano creador de protagonistas vitriólicos, de secundarios opacos, de diálogos transgresores y situaciones inquietantes, apoyado todo en la fotografía expresionista de Robert Krasker: encuadres torcidos, escorzos dalinianos, iluminación tangencial de alto contraste, luces y sombras dramáticas. Un homenaje al expresionismo alemán de Murnau y de Robert Wiene, a “Nosferatu” y a “El gabinete del doctor Caligari”.

       «Me gusta perder el tiempo» dice el mayor Calloway (Trevor Howard), el sheriff de una ley difusa impuesta por las potencias que se repartieron el mundo tras el conflicto bélico. Comisarios de la Inglaterra de Churchill, de la Francia de De Gaulle, de la Unión Soviética de Stalin, de los USA de Truman. Los polis del mundo que gobiernan y cambian todo para que nada cambie al cabo de pocos años.

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        Y la aparición apoteósica del malvado Lime, iluminando un segundo la negritud que oculta en una esquina las ambiciones humanas, el gato negro lustrándole los zapatos, Welles en la cima de su carrera (34 años entonces), el genio deslumbrante y atractivo burlándose del Hollywood pacato y conservador. Un recurso narrativo que utilizó posteriormente Francis Ford Coppola en su Apocalypse Now: Marlon Brando gordo y misterioso surgiendo de las sombras amenazantes del celuloide, ajusticiado por el capitán Willar (navegando por las cloacas de la guerra de Vietnam), el alter ego del mayor Calloway.

       Y desde la altura negra de la noria que gira sobre el vacío del Prater vienés se ven insignificantes a las negras hormigas humanas, a esas que Lime desprecia porque puede arrebatarles la vida aplastándolas con el dedo.

      Y negra es esa huida sin escapatoria, por las cloacas de la ciudad, del mundo, el villano Lime chapoteando en las aguas fecales del individuo, los detritus que ocultamos para justificar los actos humanos. No hay perdón para los proscritos en el cine, ya se sabe: el malo siempre palma, la chica se salva. Y pagarán sus culpas los bellacos porque la continuidad del sistema lo requiere, no hay alternativa a la maldad sino con otra maldad. Es la perpetuación del lado oscuro del individuo, la doble moral, la navaja afilada de barbero por la que el caracol humano resbala su baba, su existencia. Morirá Lime en las alcantarillas, un castigo a su vanidad, a su soberbia insurgente, el poder no admite competidores, condena a Lime porque trafica con penicilina adulterada, aunque los ganadores trafiquen con la libertad de los otros, con sus vidas, con sus esperanzas.

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              Y negra es la esperanza de Anna Schmidt (Alida Valli), una mujer sin patria, sin futuro, que rechaza el viaje a un mundo libre porque cree aún en el amor taimado de su amante, traicionado por su amigo, ese inocente Holly Martins que justifica su delación porque cree en la justicia emanada del infierno de la guerra y porque está enamorado de ella. Ese último plano-secuencia, los árboles deshojándose entre las lápidas, el viaje otoñal por el cementerio, la despedida del ángel caído, el rechazo al traidor entre las tumbas, el destino final y negro de nuestras vidas.