Este hacerse mayor sin delicadeza

Ángel Aguado López

        TEMERIDAD, AUDACIA O INGENUIDAD pueden ser las explicaciones que han llevado a José Luis Garci a resucitar a Germán Areta, al Moro, al Abuelo o a Rocky 38 años después. Porque por muy buena que sea la interpretación de Carlos Santos, de Miguel Ángel Muñoz, de Pedro Casablanc o Luis Varela sobrevuelan sobre todos ellos los recuerdos de Alfredo Landa, de Miguel Rellán, de José Bódalo o Manuel Lorenzo por aquel Madrid de partidas de mus, de cines en la Gran Vía y gimnasios de boxeo. Olor agrio a linimento, a Coco Chanel, a J’adore y sobre todo a naftalina es lo que desprende El Crak Cero, una película anacrónica, anclada en la nostalgia de un tiempo pasado. Una época de ilusión, de la honestidad de Areta, el detective bueno contra el sistema corrupto. Hoy ya no creemos en nada, no existen los buenos y la perversidad del sistema se ha extendido como los vertidos tóxicos de un petrolero por la sociedad, por la suciedad tecnológica, por muchos héroes-Aretas que busquen la verdad y ejecuten al villano, al Edipo que se venga de la ausencia del padre, víctimas todos del juego de la vida, del póker existencial. Ha triunfado el mal.

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        Tiene El Crack Cero diálogos intensos y brillantes que bien los hubiera firmado Dashiell Hammett. Esos puñetazos verbales con los que combaten en el guion personajes sacados de las sombras del recuerdo. Oficio meritorio el de Garci y su colaborador Javier Muñoz en la escritura de la película, que a veces roza el éxtasis, para caer en otros momentos en la ciénaga de la obviedad. Y tiene, más bien no tiene luz la fotografía del filme, que se queda apagada, sin contraste, sin claroscuros, en una neblina de grises inconcretos y sombras difusas, con ajadas cortinillas negras que pretenden recrear una atmósfera antigua de cine negro y solo consiguen un cine gris. No hay un primer plano brillante, un rostro que se bañe con la luz, quizás porque tampoco son brillantes los personajes, sólo una sucesión de planos correctos, de caras sin resplandor alguno.

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     Y tiene la pelí una trama detectivesca complicada, clásica del manual de intriga cinematográfico, que empieza con un guiño al pasado, las primeras secuencias, a El Crack 1, aquel Areta-Landa imperturbable y desfacedor de entuertos que remataba a los malandrines amenazándoles los testículos con la pistola, ahora resuelto con un puñetazo en la mandíbula del agresor machista. Un argumento que se complica con personajes turbios y citas a la negritud de aquel terrorismo de Estado heredado del antiguo orden: el Caso Almería, o la muerte de Franco, ambas citas en el mismo tiempo asincrónico, aunque mediaran entre ambas realidades más de cinco años. Una trama única, sin divergencias, salpicada de citas de antiguas películas de Garci, su asignatura pendiente, su baúl de los recuerdos como si de un auto-tributo, de auto-nostalgia se tratara, que se complica con sórdidos personajes cogidos con pinzas, como el pederasta metido con calzador; o el bibliotecario escondido entre sus libros. ¿Por qué estos secundarios? O el rencoroso roquero salido de un villorrio asturiano, tributo a la patria chica del director. O secundarios dibujados con esfuerzo: la madame, la secretaria despechada, la amante divergente o el marido vengador; o el consejero paternal, el policía bueno, aunque franquista. Esos amigos a los que el director recompensa con un papelito su esfuerzo de tantas películas anteriores.

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         Y arrastra El Crack Cero una lentitud narrativa sin sobresaltos, un montaje lineal sin alteración alguna, sin rupturas, por el que deambula el relato como un teleférico que subiera con lentitud la suave pendiente para depositar al espectador en la meseta de la noche oscura con ansias de cine, de Garci, defraudadas.

2 comentarios sobre “Este hacerse mayor sin delicadeza

  1. En el decálogo del maestro Wilder sobre el cine, los nueve primeros preceptos decían ”NO ABURRAS AL ESPECTADOR”, según declaró en más de una ocasión. Garci, gran conocedor del cine, esta vez ha incumplido los nueve.
    El Crack 0 es una película fundamentalmente aburrida, con un guion vulgar y un montaje desesperante.
    Los actores están correctos, pero sufren la tragedia de la inevitable comparación.
    En su afán en parecer Alfredo Landa, Carlos Santos queda convertido en un personaje hierático e impersonal.
    El inicio del film, queda muy por debajo de sus antecedentes. Tampoco ha sabido el director usar el blanco y negro con el esplendor que sus adeptos esperábamos. No es “SED DE MAL” o “EL TERCER HOMBRE”, vamos.
    Eestamos ante un film rodado con corrección profesional, con algunos destellos de lo que su director fue una vez, pero sin chispa ni alma.
    Bien que lo siento.

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