1917. Otra peli de guerra

Ángel Aguado López

1917     Más allá del rendimiento atlético del protagonista —un hércules mezcla de Zatopek, Usain Bolt y Johnny Weissmuller— y del trávelin de comienzo a fin —un plano secuencia sin cortes aparentes para el espectador, que se extiende a lo largo de dos horas—, poco más ofrece 1917. Por mucho que se resalte el heroísmo del cabo William Schofield y la superioridad moral que le da profesar la verdad de los ingleses, inasequible al contratiempo y a las balas y abnegado cumplidor del deber, o la maldad del astuto enemigo —¡qué torcidos son siempre los alemanes!—, o el bucle de situaciones excepcionales que se encadenan durante el itinerario a la bayoneta —la extenuante carrera por la trinchera infinita entre las alambradas y los cráteres de los obuses, la bomba trampa del búnker, el derribo del avión del traidor barón rojo, la delirante aparición entre tanta muerte de la vida de un bebé desconocido, o las cloacas sembradas de cadáveres, o la sobreactuación de las ratas, ¡marditos roeores!—, queda en la pantalla un apagón cinematográfico, un fundido en negro, un relato plano, sin objeciones, sin interrogantes ni inquietudes, sin explicar los porqués de tanta carrera y tanto tiro, una sensación de que este viaje a los infiernos se ha hecho con la falsedad de las alforjas digitales, un deja vu.

Porque poco más trasmite esta película efectista de guerra y barro. Porque Kubrick ya nos refirió hace más de sesenta años y en el mismo escenario todas las atrocidades de que es capaz el alto mando de un ejército para conseguir sus sangrientos senderos de gloria sin importarle si mil, o diez mil, o cien mil hombres, o un millón mueren víctimas de sus espurios deseos de grandeza. Porque el desagüe vesánico por el río de la vida, o por la ambición de un colérico Aguirre, ya nos la mostró Werner Herzog hace casi medio siglo. Porque hace cuarenta años, el capitán Willard, o Coppola,  ya nos aclaró que las vidas humanas, incluso las de los héroes nacionales, no valen nada ni para el estado mayor militar ni para la patria. Porque se ha camuflado el debate ético de la tragedia bélica por la banalidad del derroche tecnológico. Porque los efectos especiales y un presupuesto millonario han fagocitado la brutalidad de las decisiones humanas y la guerra se convierte en un espectáculo de figurantes apresurados, atmósfera nebulosa, imagen de alta definición y sonido envolvente.

En un tiempo en el que el Imperio presume de matar asépticamente a cualquier ayatola en nombre de la paz, o cuando la guerra perpetua en Siria se convierte en un mercadeo de cadáveres entre las grandes potencias, o cuando un misil derriba un avión comercial con 180 inocentes en sus bodegas sin importarle a nadie resulta frívola y poco menos que inocua una reiteración sobre hechos acaecidos hace un siglo. “En el corazón de todo hombre hay un conflicto entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal y el bien no siempre triunfa. Algunas veces, el lado oscuro supera lo que Lincoln llamó los ángeles de nuestra naturaleza” escucha el capitán Willard del general que le ordena la ejecución del traidor Kurtz.

Poco más que el triunfo tecnológico de la imagen, de una sobreposición de efectos especiales al talento hay en esta irracional carrera hacia adelante que emprenden los dos soldados protagonistas, en esta peli de guerra que San Mendes inicia un 6 de abril de 1917. “La contienda se acabará cuando sólo uno de los combatientes quede en pie”, dice el héroe Schofield. ¿O lo había dicho antes Willard?

Dirigida por Sam Mendes
Guion de Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns
Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Amblin Partners / Neal Street Productions / DreamWorks SKG / New Republic Pictures
Intérpretes: George MacKay, Dean-Charles Chapman
119 minutos

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Un comentario sobre “1917. Otra peli de guerra

  1. El señor Alameda, Duque de Torrelodones, dijo lo siguiente: A propósito de la feroz crítica a 1917:

    Admirado señor Aguado López,

    Que a mister Kubrick le quepa la autoría del mejor film sobre la “gran guerra”, ciertamente mucho más crítico e incisivo que el del director inglés que ahora nos ocupa, no obsta para destacar las virtudes de 1917. Estamos ante una película de corte espectacular (en buena medida debido al sistema IMAX), con un argumento honesto y un guion impecable, filmado al más alto nivel que hoy podemos encontrar. La película de Mendes recoge una historia sencilla, pero épica, filmada con firme pulso narrativo y que nos entrega momentos sublimes de gran belleza fotográfica ¡qué le voy a contar a usted! No es asunto menor la escenografía y atrezzo, cuya preparación llevó larguísimo tiempo, como en tantas otras superproducciones, pero esta vez para bien. A destacar, además de la fotografía y los plano-secuencia, el sonido.

    Si Kubrick incide más en la “patología” militar, con mandos capaces de cualquier felonía, despreciando la ley, el honor y la vida, con tal de salvar sus galones, Mendes lo hace más en la atrocidad y barbarie de una guerra inútil, aunque también apunta la crítica al indefectible comportamiento de los generales.

    No es, desde luego, el único film que aborda el tema de la guerra, ni tan siquiera el más crítico (véase La delgada línea roja de Malick. I998 o Todo un día para morir de Collinson, 1968), pero es, sin duda, el más espectacular, y el cine, no lo olvidemos, es también o quizás sobre todo, espectáculo.

    Las casi dos horas de duración se van en un pis-pas y eso no es poco decir de una película.

    El disminuido Duque torresano.

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