Maternidad frustrada, sexualidad reprimida: La Tía Tula

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Gabriel de Araceli, Madrid, 20 de abril de 2016

La tía Tula, la película de Miguel Picazo ha pasado de largo el medio siglo. Y si revisarla ahora supone un acontecimiento sorprendente habría que remitirse al momento histórico que se vivía en España durante su rodaje y exhibición –1964, los XXV años de paz del franquismo– para admirar el talento y virtuosismo narrativo del film, la profunda creatividad artesana e industrial del equipo de realización y el dramatismo narrativo e introspección psico-social con la que los guionistas  (José Miguel Hernán, Luis Sánchez Enciso, Manuel López Yubero y el propio Picazo) escribieron el film. Una lucha profunda contra una censura rígida e implacable en un régimen dictatorial, que propiciaba, sin embargo, talentos fructíferos capaces de burlarla. La película sufrió varios cortes y se suprimieron planos cuyo pecado era la aparición en ropa interior de la protagonista. Si Orson Welles dirigió “Citizen Kane” con 25 años, Picazo dirigió este su primer film con 37, en un país y en una época que no eran precisamente Hollywood, lo que da idea de su genial dirección tras la cámara. Miguel Picazo intervendría muy posteriormente, 1996, en la primera obra de Alejandro Amenábar, “Tesis”, dando vida a un profesor obsesionado por los crímenes.

La película de Picazo se basa en la novela homónima de Unamuno, una de las más aclamadas de la literatura española en el siglo XX. En la España de finales de los 60 se popularizó gracias a que fue la elegida por la editorial Salvat para iniciar la colección Biblioteca Básica RTVE, un empeño nacional para promocionar cien obras de la literatura universal en un país que rozaba el analfabetismo crónico. Los libros se vendían a 5 pts. y fue un éxito de ventas extraordinario.

Este plano fue eliminado por la censura por parecer demasiado pernicioso para el público español. Sin embargo, la brutal agresión sexual que sufre Juanita por parte de Ramiro no pareció merecedora de sanción por los guardianes de la moral.

Aurora Bautista, en el mejor momento de su carrera de actriz, interpreta con intensa sobriedad a la atormentada tía Tula, que consigue, sacrificando su sexualidad, redimirse de la frustración de no ser madre y que mantiene a la vez la virginidad. Tula tiene que luchar contra los fantasmas libidinosos que la persiguen sin concederse siquiera un capricho, en una sociedad provinciana que vigila el comportamiento de cada individuo, donde las mujeres no son sino pasivos secundarios a merced de los hombres y donde la presión de la Iglesia censura cualquier desviacionismo de su moral, la oficial. Esa contradicción entre virtud y deseo será, al fin y al cabo, su trágica derrota.

Verdugo y víctima a la vez de su autocensura, la tía Tula convierte su existencia en un amargo sufrimiento al que también obliga a Ramiro, su cuñado viudo, representante del varón español que pena su soledad buscando el placer prohibido entre los descampados de la prostitución. Picazo consigue que la tensión sexual vaya creciendo a lo largo del relato hasta conseguir esa explosión violenta en la que los protagonistas ceden a sus sufrimientos sin conseguir ninguno satisfacción.  Hombres en celo y mujeres ajenas al sexo redimidas por la cocina y el rezo de novenas, convertidas en floreros. Retrato de grupo de una España sórdida y sin aliento. La violación, pues así ha de llamarse, a la que Ramiro somete a la inocente Juanita (interpretada por Enriqueta Carballeira) es el castigo terrible que a todos condena la intransigencia moral y la severidad de las costumbres.

Fotografiada en un magnífico blanco y negro obra de Juan Julio Baena, técnicamente la película es una obra repujada de artesanía cinematográfica a lo que sin duda contribuyó el excelente equipo de profesionales que había en el cine español de la época. Hay que señalar que el sonido se tomó directamente durante el rodaje, algo que añade más valor a la interpretación de actores y técnicos. Los planos secuencia con los que está rodada son un ejemplo virtuoso de una puesta en escena magistral y de excelente iluminación. El desplazamiento de la cámara, los encuadres y la disposición de los actores en cada plano hacen que la película alcance una calidad propia de obras de arte del neorrealismo español, o recuerde los planos secuencia de películas muy próximas en la época como El Verdugo, de Berlanga, estrenada ese mismo año.

Hay que destacar el extraordinario plantel de actores secundarios que aparece en la cinta. La interpretación de los niños (Mari Loli Cobo en el papel de Tulita y Carlos S. Jiménez como Ramirín) alcanza niveles sorprendentes en los planos secuencias de tan difícil rodaje, sobresalientes ellos.  Irene Gutiérrez Caba o Laly Soldevilla son algunas de las alegres muchachas que despiden su soltería como si de un sacrificio al varón se tratara. Tula es incapaz de entender el chiste verde que en la fiesta una de las amigas le cuenta, reflejo de su desconocimiento sexual. José María Prada interpreta a un confesor, el padre Álvarez, clérigo razonable al que acude Tula en busca de remedio para su espíritu atribulado. A pesar de las palabras sensatas que el cura le regala el integrismo ciego de Tula la mantendrá encadenada a su inamovible conciencia. José María Prada consiguió por su trabajo en la película el Premio de Escritores Cinematográfico, una especie de los Goya de la época, e interpretaría el año siguiente otra de las grandes películas del cine español: La caza, de Carlos Saura.

La tensión sexual no resuelta, el esquema básico de toda obra audiovisual y que en la película resulta terrible para los personajes.

Carlos Estrada interpreta a Ramiro, el viudo sin consuelo y violador, que pena su falta con un matrimonio impuesto por su incontinencia bárbara, delito que en la película no está especialmente condenado, sino que se entiende como la consecuencia del desdén sexual de su cuñada y de una sexualidad reprimida en un lugar, la España provinciana, donde todo era pecado. Y en el adiós en la estación comprenderán ambos que no son más que marionetas víctimas de un tiempo de silencio (la novela de Martín Santos se había publicado dos años antes, en 1962) y de dolor.


Un comentario sobre “Maternidad frustrada, sexualidad reprimida: La Tía Tula

  1. Miguel Picazo también intervino en un pequeño papel en “El espíritu de la colmena”, de Víctor Erice, interpretando a un médico que examina el estado de exaltación que ha dejado en Ana (la niña Ana Torrent) el haberse topado con el monstruo de Frankestein, el guerrillero que va a encontrarse con su madre y anterior amante de aquel, Teresa Gimpera.

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